La Historia Argentina - La Cultura del Cambio

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Los sesenta fueron los años en que la vanguardia artística pasó por el centro de artes visuales del Instituto Di Tella en la calle Florida. Su director, Enrique Oteiza, se empeñó en reunir allí teatro, música, plástica, expresiones audiovisuales y diseño. Los alegres happenings en que el público era invitado a participar, la “Menesunda”, ideada por Marta Minujin, y otras expresiones, trajeron a la Argentina el pop art de los anglosajones, rompieron jerarquías, mezclaron materiales, incorporaron la tecnología y convirtieron el arte en “noticia” en las revistad de moda.

Pero la vanguardia, además de jugar con estas novedades, tuvo una visión artística de la protesta social. Berni partía de los desechos del mundo industrial, chapas, restos de telas, para mostrar la otra cara de la industrialización y de la cultura del consumo.

Los artistas fueron más allá en la búsqueda de la identidad nacional y latinoamericana. En la muestra “Homenaje a Vietnam” (Galería Val riel, 1967) y especialmente en “Tucumán arde”, realizada en la sede de la CGT de los Argentinos en rosario, con participación de artistas sociólogos, se buscó una “estética del compromiso”. El arte no debía ser elitista, debía invadir todos los espacios y no limitarse a las salas de un museo; “Arte e ideología” organizado por el Centro de Arte y Comunicación (CAYC) en la plaza Arlt (Buenos Aires, 1972), dentro de estos nuevos parámetros culturales, fue clausurada porque aludía a los fusilamientos de guerrilleros ocurridos en Trelew.

Muchos artistas pasaron a la acción directa en esos años, otros se volcaron a un perfil inspirado en las fuentes del arte latinoamericano. Entre tanto se desvalorizada la obradle Instituto Di Tella, acusado de “servilismo” a las modas internacionales. La prestigiosa institución cerró sus puertas en 1970, sin haber podido insertar el arte argentino en el circuito internacional a pesar de los esfuerzos realizados. Tampoco estaba en condiciones de sostenerse económicamente por la mala situación de la empresa que lo financiaba.

Hacia 1970 el gradualismo había sido dejado de lado. La militancia antiimperialista pautaba todos los aspectos de la vida cultural en el marco de la revolución del general Velasco Alvarado en el Perú (1969), que realizó una profunda reforma agraria, de la llegada al poder en Chile de la Unidad Popular, de la presidencia del general Torres en Bolivia, y del activismo de las organizaciones subversivas argentinas y uruguayas.

Los jóvenes intelectuales que aspiraban a convertirse en “cuadros” de las organizaciones políticas, admiradores del “Che” y de Mao, leían a los ensayistas tercermundistas, el uruguayo Eduardo Galeano (Las venas abiertas de América latina), los brasileños Paulo Freire (Pedagogía del oprimido) y Darey Ribeiro, el teórico de la independencia de Argelia, Franz Fanon (los condenados de la tierra y la chilena Marta Harnecker (Para comprender el marxismo).

La militancia juvenil peronista condenaba a “los propietarios de la cultura, ‘los culturosos’ de la oligarquía y las clases medias que se consideraban los únicos capaces de comprender la cultura”. Ahora los premios otorgados por la Casa de las Américas (La Habana) se seguían con el mismo fervor con que poco antes interesaban los de las editoriales locales. Leer el suplemento del diario La Opinión dirigido por Timerman (1971) era una definición cultural de progresismo, aunque esta publicación respondiera al jefe del ejército, Lanusse. La revista Crisis (1973-1976), dirigida por Galeano, consagró a los autores “nacionales”. En la facultad de Filosofía y Letras, un grupo de sociólogos peronistas impulsó las “cátedras nacionales” contra la “colonización cultural”.

Por su parte los escritores “proimperialistas” del grupo Sur, siempre vigentes por su calidad literaria indiscutida, daban también prueba de un nuevo tono realista, como es el caso de Borges (El informe de Brodie, 1970) y de Bioy Casarees (Diario de la guerra del cerdo). Los hechos de la crónica política contemporánea aparecerían en las novelas de Juan José Manauta y Roger Plá, entre otros autores de ficciones.

La politización en el cine tuvo su expresión más característica en el documental La hora de los hornos (1968), de Osvaldo Getino y Fernando Solanas, que fue prohibido por u contenido peronista y revolucionario pero que se exhibió en circuitos alternativos, clubes de barrio, centros de estudiantes y sindicatos. También el cine comercial pasó de filmar películas históricas estereotipadas, como el Santo de la espada (Torres Nilsson, 1970), a la recuperación de la memoria prohibida en La Patagonia rebelde (Héctor Olivera, 1973), sobre libro de Osvaldo Bayer. El film trataba la represión de las huelgas de la Patagonia en 1921 en escenas de crudo realismo.

Hacia 1973, cuando el peronista Héctor Cámpora fue electo presidente de la República, el pensamiento dominante calificaba a todo lo que no fuese militancia por la liberación nacional como una frivolidad y una pérdida de tiempo. Decía el cura tercermundista Carlos Mugica: “Es necesario socializar la cultura; los villeros deberán opinar por ejemplo sobre la marcha de la Universidad”.

Julio Cortazar, quien admiraba a la Cuba de Fidel Castro y donaba sus derechos de autor a las causas de la liberación, viajó de París a Buenos Aires para presentar su obra Libro de Manuel, ambientada en el clima proguerrilla de esta época. En un reportaje publicado en Crisis, Cortázar manifestó su preocupación porque la juventud “cree que el 25 de mayo de 1973 -día fijado para la entrega del poder a Cámpora- v a entrar un una especie de Jauja”.

Consideraba que el escritor que habría un despertar bastante triste, porque la tendencia argentina a delegar responsabilidades podía resurgir en cualquier momento, tanto como la de culpar al gobierno de todos los males que ocurrían. Confiaba sin embargo ñeque se aprovechase esta oportunidad única para conseguir lo que no se logró en 1946: que científicos e intelectuales se decidieran finalmente al diálogo con la masa obrera, algo que no había sido posible ni siquiera en el París de 1968 entre trabajadores y estudiantes.

“Los horrores de los años setenta se estaban incubando en la confusión inexplicable en que se debatía la década del 60, cuando la revolución aparecía indisolublemente entremezclada con la reacción (...)cuando la apertura hacía ideas renovadoras se combinaba con el nacionalismo más anacrónico; cuando –en fin- entraban en bancarrota los valores de las décadas anteriores sin que se consolidaran otros”, opina Sebreli, un intelectual interesado en la observación de los fenómenos contemporáneos.

www.klimanaturali.org

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