LA CULTURA MOCHE Y LOS SEÑORES DE SIPÁN

Por: Hernán Amat Olazábal

Las sociedades precolombinas de los Andes, especialmente Kotosh, La Galgada, Chavín, Paracas, Moche, Nasca, Tiwanaku, Recuay, Huari Chimú, Chincha, hasta la emergencia del estado imperial de los Incas, el desarrollo, y colapso de cada una de ellas, embargan al lego o al especialista una actitud de respeto y fascinación en todos los sentidos de la palabra: atracción, hechizo, deleite, admiración subyugante.

El especialista trata de desentrañar, en trabajos arqueológicos de campo y de gabinete, sobre ese maravilloso mundo y sus obras, o más propiamente sobre ese mundo de obras extraordinarias, enigmáticas y admirables, legadas por esas culturas. En esas notas procuraré atenerme a las pautas formuladas por los arqueoólogos modernos y fundamentalmente al análisis e interpretación del registro arqueológico acerca de la sociedad Moche; no obstante que la bibliografía es frondosa, trataremos de hacer una rápida visión desde las contribuciones pioneras de Max Uhle (1913), Alfred L. Kroeber (1925), Julio C. Tello (1923, 1938)), Larco Hoyle (1938, 1965, 2001); Muelle (1933, 1936); Strong (1947); Strong y Evans (1952); Willey (1953); Bonavía (1959, 1961, 1974), entre otros, hasta las recientes investigaciones realizadas por Donnan (1965, 1973, 1976, 1978, 1988, 1989, 1993), en los valles de Moche, Jequetepeque y en colecciones existentes en museos del mundo; Izumi Shimada ( 1976, 1978, 1994) y Martha Anders (19977, 1981), en Pampa Grande (Lambayeque); Kaulicke (1991, 1992, 1994) en Loma Negra (Alto Piura); Moseley (1975, 1978); Walter Alva (1988, 1990, 2002); (Alva y Donnan, 1993), en la Huaca Rajada, Sipán (Lambayeque); Régulo Franco et al (1994, 1997, 1999, 2002, 2003), en la Huaca Cao Viejo, Coplejo El Brujo; (La Libertad); Donnan y Mackey (1978); G. Hecker y W. Hecker (1985); w. Hecker y G. Hecker (1990), en Pacatnamú; Uceda et al. (1994), (en la Huaca de la Luna, (La Libertad), Uceda (1993,1997,2000, 2003);,Uceda y Mujica (1994, 2003), (eds.); los estudios de bioantropología Moche de J. Verano (1991,1994, 2003) (Cabe destacar los estudios iconográficos de Donnan y McCrelland (1979, 1999, 2001, Hocquenghem (1977, 1978, 198º-81, 1986, 1987); Benson (1972, 1974, 1982, 1984;) Lavallée (1970; Bourget (1989, 1994) y Castillo (1989, 2003), entre muchos otros.

En el Cuadro de Periodificación de la Arqueología de los Andes Centrales, el Período de Desarrollos Regionales, llamado también Clásico o Intermedio Temprano por algunos especialistas, es el espacio de tiempo comprendido entre los años 200 a 700 d.C. lapso en el cual se desarrolló la cultura Moche (comúnmente conocida como Mochica). La teocracia, el gobierno de corte militar, el urbanismo y el deslumbrante desarrollo de las artes caracterizan a este período, en el que florecieron, en forma cohétánea, las formaciones sociales de Vicús, Lima y Nasca, en la costa; Cajamarca, Recuay, Higueras, Huarpa, Huaru, Cota Calle y Tiwanaku, en la sierra,;Yarinacocha, Cashibocaño, Pacacocha y Tibacundo., en la floresta tropical.

El brillante legado Moche, insuperable en la metalurgia (practicaban incluso el electroenchapado y el dorado) y en la cerámica, que brindan una vívida enciclopedia de su mundo. Desde los valles costeños de Empeña, Chao, Virú, Moche, Chicama, Jequetepeque, Lambayeque y Piura, sede de las vastas huacas de adobe y ladrillo, el reino de Moche emprendió el comercio sostenido llegando a grandes distancias por el área meridional andina para captar el lapislázuli, y hasta el Ecuador para obtener spondylus y strumbus, y llegaba a la selva tropical en busca de serpientes y alucinógenos, de monos y loros de plumas multicolores que son tan notables en la iconografía de su textilería, pintura mural, metalurgia y cerámica.

En esas vasijas llenas de prodigio se representaba el paisaje de Moche, formado por dunas costeras de arena, cactáceas, venados, perros y especies marinas, también a fatigados tributarios sumidos al pie de majestuosos señores, y a los mensajeros que lo atraviesan llevando consigo pallares con incisiones que luego serán interpretados por los funcionarios de su sistema de comunicaciones.

Descubrimientos recientes de gran relevancia efectuados en Sipán, Dacha de El Brujo, Loma Negra y Dacha de la Luna, han modificado sustancialmente los conocimientos que se tenían sobre el área de expansión, la noción de urbanismo, la estructura socio-económica, la organización política y concepciones religiosas de Moche. Tales aportes evidencian la aparición de ciudades-estado en perpetua guerra unos grupos étnicos contra otros y regidos por reyes que se proclamaban herederos de una estirpe de sangre divina. Las guerras, al parecer, no tenían por objeto la anexión de territorios, sino la imposición de tributos y la captura de prisioneros. La guerra era el deber y el privilegio de los reyes y de la nobleza militar. Las Ciudades-Estado Moche y sus luchas intestinas hacen pensar en las ciudades griegas, en los reinos Combatientes de la antigua China, en los reyes y sacerdotes sabios de las ciudades mayas de Tikal, Copán, Palenque, Uxmal y Cichen Itzá, en los fastuosos gobernantes de Teotihuacan de la antigua Mesoamérica, en las monarquías medievales de fin de la Edad Media y en las repúblicas y principados italianos del Renacimiento.

Sin embargo, al contrario de lo que ocurrió en otras partes, todos esos siglos de guerras no desembocaron en la constitución de un Estado hegemónico o en un imperio universal del que nos hablaba Toynbee. La historia Moche tiene un carácter, a la vez, alucinante y circular.

Las tumbas descubiertas por Strong y Evans en el valle de Virú, los ricos hallazgos en los cementerios de los valles de Moche y Chicama y, últimamente, el impresionante ajuar funerario de las tumbas de Sipán, gracias a la encomiable labor de Walter Alva, evidencia la institución monárquica entre los Moche y el carácter dinástico de su historia. En efecto, su iconografía se refiere a los hechos de los soberanos, asimismo muchas de las figuras que aparecen en los relieves de los monumentos de la Dacha de la Luna, de El Brujo y en las pinturas murales de la pirámide de Pañamarca, son representaciones de los reyes y sus séquitos. Es un arte dinástico afin al de los faraones de Egipto, a los gobernantes de Mohenjo Daro de la India de la revolución urbana, de los reyes mayas del Antiguo Imperio, y al de los rajás de la antigua Cambodia. También recuerda al de los monarcas absolutos de Europa. Las ciudades y los templos Moche eran algo más que residencias del rey, de su corte y del sacerdocio. Cierto, quien dice monarquía dice corte; los reyes Moche fueron el centro de una sociedad aristocrática y refinada, compuesta de altos dignatarios, sus mujeres y su parentela. Es indudable que esos cortesanos eran guerreros, pues se trata de un rasgo común a todas las monarquías de la historia.

Otra nota relevante que aparece en la sociedad Moche es la existencia de cofradías militares y sacerdotales formadas por la aristocracia. Los admirables frescos de la Dacha de El Brujo, Dacha de La Luna, Dacha de Pañamarca y el impresionante ajuar funerario de los señores de Sipán, de clara factura Moche, son representaciones de dos órdenes militares y sacerdotales, la de los “guerreros jaguares” y la de los “hombres pájaro”. La continua presencia de representaciones de estas órdenes en distintos sitios y en momentos de épocas diferentes es un indicio de que se trata de un elemento permanente y constitutivo de las sociedades andinas.

Una vez que aceptamos la visión del mundo Moche que nos ofrecen los arqueólogos e historiadores del arte, debemos matizarla. La concepción puramente dinástica y guerrera tiene obvias limitaciones. La pintura del mundo Moche es fulgurante, reproducen escenas majestuosas, solemnes, sobrias, en la nueva concepción, al parecer, la historia desciende del cielo y regresa a la tierra. Las representaciones muestran reyes que ascienden al trono, combates, triunfan o son vencidos, mueren, prisioneros desnudos cargados de los pelos, recepción de tributos. Se sustituye así una generalización por otra. El elemento dinástico se inserta en el rito, a su vez, el rito nace de una cosmogonía, es su representación simbólica.

Hasta hace poco, se creía que las ciudades andinas de este período no eran realmente ciudades, sino centros ceremoniales habitados únicamente por los sacerdotes y algunos funcionarios y artesanos. Ahora sabemos que eran verdaderas ciudades, es decir, centros de actividad económica, política, militar y religiosa. Se ha confirmado la existencia de una agrícultura intensiva, en base a un alto desarrollo de la ingenieria hidráulica intervalle en la costa, sin la cual es imposible la supervivencia de los centros urbanos. Charles R. Ortloff, Robert A. Feldman y Michael E. Moseley señalan que los ingenieros de Moche construían canales para transportar agua de los ríos a los campos situados a unos 70 kilómetros de distancia, franqueando embates de fenómenos del niño. Aparte de la agricultura, la producción artesanal y el comercio sostenido, los trabajos de Martha Anders e Izumi Shimada, en Pampa Grande, han mostrado que esa ciudad era un centro manufacturero y comercial de primer orden. En Pampa Grande habían barrios de artesanos y artífices cuyos productos, desde cerámica hasta las armas y las piedras finas talladas eran distribuidas en grandes áreas.

La actividad comercial requiere la existencia de una clase especializada: los comerciantes. A su vez, el comercio interáreas es indesligable de la política exterior. Por último, la política exterior y la guerra son dos manifestaciones del mismo fenómeno, los dos brazos del Estado al proyectarse al exterior. No sólo hay una relación estrecha entre la clase de los guerreros y la de los comerciantes sino que, con frecuencia, hay fusión entre ellas. La acción de los comerciantes se vierte hacia el exterior como la de los guerreros, aunque no para combatir al extraño y dominarlo sino para negociar con él. En los centros urbanos Moche los comerciantes formaban una clase aparte y sus actividades incluían el espionaje. La figura del cortesano se desdobla en la del guerrero y en la del comerciante.

Para los pueblos andinos del antiguo Perú, el comercio y la guerra eran inseparables de la religión. Es imposible no advertir la función capital de los ritos en las actividades de los guerreros y los comerciantes. Ser guerrero o comerciante no sólo era una categoría social, sino religiosa. Para comprender la función social de guerreros y comerciantes hay que interrogar a los ritos que estaban asociados a esas actividades. Los ritos son manifestaciones de los itos y los ritos son expresiones de las cosmogonías. Lo que sabemos de las religiones andinas nos permite decir que, a pesar de la diversidad, por ejemplo, el lugar inusitado de Wiracocha o Pachacámac en el panteón Inca, o Apu Catequil y Pariacaca de los Huamachuco y Yaros, todos ellos son variaciones de los mismos mitos cosmogónicos y de la misma teología.

El fondo religioso común a todos los pueblos andinos es un mito básico: los dioses se sacrificaron para crear al mundo, la misión de los hombres es preservar la vida universal, alimentando a los dioses con los sacrificios. Asi, la guerra no es sólo una dimensión política y económica de las ciudades-Estado, sino una dimensión religiosa. La guerra y el comercio son una política y, al mismo tiempo, un ritual.

El triángulo se dibuja: sacerdotes, comerciantes y guerreros. En el centro: el monarca. El rey es guerrero, sacerdote y en ciertos momentos del rito, es una divinidad. En la iconografía Moche se evidencia que había una continua simbiosis entre el jefe, el sacerdote y el guerrero. Por otro lado, se observa que los reyes de Moche, aparecen siempre con los atributos y signos de las divinidades como es el caso de los señores de Sipán. En resumen, la ciudad nos llevó al comercio, el comercio a la política y a la guerra, la guerra a la religión, la religión al sacrificio. En la mitología andina aparece con toda claridad la doble naturaleza del sacrificio.

El arte Moche ha expresado en obras extraordinarias – relieves, frescos, dibujos e incisiones en cerámica, metal, textiles, huesos, conchas marinas, incrustaciones de piedras preciosas – las formas del sacrificio.

Las ceremonias eran privadas y públicas. Las primeras se celebraban en el interior de los templos y en el secreto de las cámaras reales vista quizá por un reducido número de sacerdotes y cortesanos. En otros casos se realizaban en cámaras o galerías subterráneas. Las ceremonias públicas fueron fastuosas, espléndidas, deslumbrantes, en sitios abiertos. Imaginemos una de esas escenas en las inmediaciones de la Dacha Rajada de Sipán: el sol, el cielo, las altas pirámides pintadas en los vivos colores rituales, la multitud, la blancura de las mantas y el colorido de los penachos polícromos, los músicos y los danzantes, los plumajes y los braceros humeantes, los nobles y los sacerdotes con sus acólitos ricamente ataviados, entre éstos últimos muchos habían pasado un período de ayunos y privaciones. En el altar mayor, en una centelleante litera la presencia sobrecogedora e imponente del Jóven Señor de Sipán quien, con solo levantar la mano, da inicio al ceremonial, con ribetes indescriptibles, flanqueado por una abigarrada escolta férreamente armada y recibiendo la reverencia de la multitud.

En las representaciones artísticas de los Moche, enfatizaremos la visión de la serpiente fantástica que aparece en relieves, pinturas, cerámica y otros objetos. Entre todas estas obras hay una admirable: el caracol marino (strombus). Por medio de incisiones y dibujos, el artista ha dado al caracol diversas formas que representa al dios que anuncia la aparición de la serpiente divina. El objeto puede llamarse, sin exageración, la escultura del grito; es decir el grito, en lugar de perderse en el aire, encarna en un rostro humano. En un pliegue del caracol hay varias lineas entrelazadas que forman un dibujo finísimo. Visto desde un angulo, las lineas componen la figura de un joven. La imagen de la serpiente se repite con obsesiva frecuencia; las visiones no brotan de la imaginación individual, sino que han sido codificadas en un ritual.

Al contrario de nuestros sueños y visiones, son la expresión de creencias colectivas. La serpiente, desde los tiempos de Cotos y Chavin, es un arquetipo. Canal de transmisión entre el mundo de los hombres y el mundo infernal, entre sus fauces aparecen los dioses y los antepasados.

El arte Moche sorprende de dos maneras: Una, por su realismo o, más exactamente, por su literalidad; las imágenes que nos presenta pueden leerse en los “huacos retrato” no son ilustraciones de un texto, son el texto mismo. A la inversa de lo del arte moderno, no son únicamente imágenes; son signos imágenes. El artista al agruparlos y disponerlos conforme a cierto orden, nos presenta un texto. Esta literalidad se refiere, en primer término, a los temas de asunto religioso, temas historicos y realistas: batallas, entrega de tributos, procesiones de cautivos, sacrificios, escenas de caza de venados o episodios e la vida cotidiana, unos tiernos, otros atroces y otros sobrios. Pero la literalidad se extiende también al mundo sobrenatural y a la sintaxis de los émbolos, es decir, a las formas en que éstos se enlazan hasta formar conjuntos que son verdaderos discursos y alegorías. Por ejemplo, al ver la danza triunfal del rey y su corte en la Dacha de El Brujo, leemos que ha vencido a los dioses de la muerte y que ascenderá al mundo superior; la misma operación, a un tiempo sensible e intelectual.

La otra manera, menos frecuente pero más plena e intensa, consiste en la transformación del realismo literal es un objeto que es una metáfora, un símbolo palpable. Los signos-imagen, sin dejar de ser signos, se funden enteramente con las formas que los expresan y aun con la materia misma. Bodas de lo real y lo simbólico es un objeto único. La caracola marina que antes se mencionó, es un ejemplo notable. Su función práctica es ser una trompeta probablemente usada en algunas ceremonias. Pero la caracola trompeta se convierte en un dios, el dios de un grito y el grito en un rostro. No sólo se nos ofrece la cristalización de una idea en un objeto material sino que la función de ambos es una verdadera metáfora, no verbal sino sensible. La idea se transforma en materia, una forma que al tocarla, se vuelve pensamiento, un pensamiento que podemos acariciar y hacer resonar.

La fusión de lo literal y lo simbólico, la materia y la idea, la realidad natural y la sobrenatural, es una nota constante, no sólo en el arte Moche, sino en el de todos los pueblos del antiguo Perú. Su arte es una clave para comprender un poco mejor a su civilización. Es imposible comprender en términos puramente económicos, por ejemplo, la función del comercio y de los mercados precolombinos. Por un lado, como se ha visto, el comercio nos lleva a la política y a la guerra; por el otro, a la religión y al rito: Lo mismo sucede con la guerra: no sólo es una dimensión de la política exterior de las ciudades-Estado, sino que es una expresión religiosa, un rito. El eje de este rito es doble el sacrificio humano y el autosacrificio. A su vez, las prácticas ascépticas se enlazan con visiones del otro mundo. Por último, lo imaginario sobrenatural ha sido codificado por un pensamiento religioso colectivo que nos sorprende por su rigor y por su fantasía.

La civilización andina es, como sus obras de arte, un complejo de formas animadas por una lógica extraña pero coherente: la lógica de las correspondencias y las analogías. La historia de estos pueblos – trátese de la economía, la política o la guerra; se expresa o, más bien, se materializa en ritos y símbolos.

Como el caracol, su historia es un objeto material y un símbolo de grito-escultura. La historia de los antiguos pueblos del Perú puede verse como una intensa y dramatica ceremonia ritual. El tema de esta ceremonia, repetida incansablemente en variaciones sin cuento, no es otro que el mito de origen: creación / destrucción / creación / destrucción / creación … Abolición del tiempo lineal y sucesivo: el mito (la historia) se repite una y otra vez como los días y las noches, los años y las eras, los planetas y las constelaciones, las galaxias y el universo en expansión.

Las reflexiones precedentes se han enriquecido gracias a uno de los descubrimientos más trascendentales del siglo: las extraordinarias tumbas de los señores de Sipán.

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