EL GRAN TERREMOTO DEL CUSCO 31 DE MARZO DE 1650 - PERÚ


El 31 de marzo de 1650, fecha lúgubre para todo cusqueño y que esta consignada con caracteres de sangre en los anales de la Historia, Domingo de Pasión, a las 2 p.m. estando la atmósfera completamente serena y apacible, con sólo tenues y ligeras nubecillas que se mecían blandamente en penachos de pluma o en guirnaldas de encaje, sobrevino de súbito un aterrador movimiento sísmico, el más formidable y estupendo de que hay memoria. Al rememorar los lúgubres y asombrosos sucesos de esa fecha, el Cusco tendrá que arrancar en l as doradas cuerdas de la lira de Miltón, vibraciones tétricas y angustiosas.

Las crónicas de la época no están acordes en cuanto a la hora precisa en que acaeció el terremoto.
Así, el Padre Alonso de Guzmán, Vicario del Convento de la Merced, refiere que comenzó a las 2:15 minutos p.m., hora en que toda la comunidad se hallaba en coro, dirigiendo sus plegarías fervorosas al Altísimo.

Entonces, agrega dicho padre, poseídos todos de asombro y pavor, nos vimos obligados a abandonar el coro; mas al llegar a la puerta del convento, cayó un adobe sobre el religioso Fr. Agustín Toledo, dejándolo muerto en el acto.

Otro religioso, al pasar por la puerta de la Generala, salvó providencialmente de correr la misma suerte.

Los temblores se sucedían periódicamente, de hora en hora, si bien con menor violencia que al principio, los montes bramaban espantosamente, produciendo con sus gigantescos choques aterradoras conmociones.

En la cadena de los volcanes andinos, éstos se encendían cual hogueras grandes que alumbran los espacios con aciagas llamaradas.

La multitud enloquecida de terror, huía azorada en todas direcciones, en medio de una confusión indescriptible.

Los clamores y los ayes que se escuchaban eran tan majestuosos como la voz de todas las tormentas condensadas en una solo tempestad; de los ojos de todos los moradores se desprendían lágrimas a torrentes.

El reinado del terror y el espanto extendía sus maléficas alas, como el búho, de torva mirada, para ir a despedazar su indefensa presa.

El castigo del cielo era terrible, cual no se ha visto ni se registra en los fastos de la historia del Cusco.

La justicia divina descargó sobre esta ciudad ingrata un castigo ejemplarizador.

Entre desgarradores alaridos y copioso llanto, hacían confesión pública y penitencia de sus pecados, implorando misericordia de Dios.

Las matronas, en señal de duelo, destrenzaban sus cabellos y en medio del terrible pesar que las embargaba, exhalaban angustiosos suspiros, cuyos ecos doloridos habrían llegado hasta el Trono de Dios.

Unos a otros se buscaban y reconciliaban, con protestas de vehemente concordia, creyendo que las reiteradas convulsiones de la tierra, acompañadas de huracanadas ráfagas de viento y otras perturbaciones atmosféricas, presagiaban la proximidad inminente del fin del mundo.

Algunos, envueltos en horroroso torbellino de la confusión, cegados por la densa venda de las pasiones, no tuvieron tiempo para implorar siquiera clemencia y misericordia divina; ni mucho menos encontraron una mano protectora que los levantara del tenebroso abismo en que se hallaban precipitados.

No son para describir las patéticas escenas de desolación que se desarrollaban en las calles y plazas, porque nadie se consideraba seguro en el recinto de las casas, que se derrumbaban con estrépito a cada trepidación del suelo.

¿Ni como creerse a salvo ante los estragos que la extraordinaria violencia de los temblores causaba donde quiera?

Entonces, hallándose en medio de tan espantoso peligro, se acordaron algunos y reconocieron el mérito de la virtud; vieron cuán bueno es vivir conforme a la ley divina.

El artístico y hermoso convento de la merced, que por su sólida estructura promedia alcanzar muchos siglos de duración, se arruinó por completo, no quedaron sino unas cuatro o cinco celdas en el segundo claustro, y como éstas no ofrecían seguridad alguna, los religiosos se vieron obligados a acampar en las huertas y formar una gran carpa en la plaza, frente a la iglesia, donde, ante la Divina Majestad, concurrían a celebrar los oficios divinos, mientras el pueblo, entregado a su dolor, imprecaba, bañando en acerbo llanto, la misericordia de Dios.

El señor don Diego Vargas y Carbajal y esposa, señora Usenda Loayza y Bazán, han sido las personas piadosas que socorrían a los padres mercedarios en tan terrible trance.

Los habitantes del Cusco vagaban errantes buscando en vano un sitio seguro donde poder salvar de la muerte, porque, no bien daban descanso a sus exhaustos cuerpos aniquilados por la inanición y el espanto, un nuevo remezón de la tierra los ponía en alarma, desalojándoles del refugio que creían haber encontrado, y tornaban luego a peregrinar sin ruta, como la nave que surca por medio de un mar proceloso sin rumbo fijo o sin piloto.

Formaban vivientes provisiones, ora en las huertas cubiertas de fango en aquellos días, ora en las plazas y calles, ya al aire libre, ya resguardadas por una carpa improvisada; mas como los temblores se repetían, apenas establecidos en un sitio, pasaban a otro para abandonarlo también, en incesante odisea, sin que tuvieran un momento de tranquilidad un sueño.

El Cusco, la opulenta, la coronada capital del Imperio de los incas, atravesaba una situación angustiosa.

El horizonte se presentó sombrío como cubierto con manto fúnebre.

Hasta el sol descolorido y pálido apenas puede penetrar en aquel denso y tenebroso velo; la noche cae, cual sombra fatídica y amenazadora, el relámpago, alumbrando de rato en rato con su luz tenue y opaca, se parece a los últimos resplandores de una linterna funeraria en abandonado cementerio; el rayo cae, cual devoradora sierpe de fuego que ha de consumirlo todo; las montañosas nubes, rozando que circunda a la ciudad, despierta a los perros para que con sus aullidos interrumpan el sueño de los que descansan ligeramente; el aterrador rugido del huracán y el estrépito de la lluvia forman un concierto espantoso que cansa pánico a los moradores, envueltos en aquella inundación gigantesca de desgracias.

¡Qué imponderable piélago de indescriptibles desastres tiene delante de sí la población cusqueña!
Un cronista, cuyo testimonio invoca el escritor nacional don Ricardo Palma, hace la siguiente patética narración de las penitencias públicas y progresiones llevadas a cabo para aplacar la ira divina: no se oían más que lamentos y clamores a toda hora, siendo continuas de día y de noche las penitencias públicas que hacían todos, así eclesiásticos como seculares, para aplicar la ira de Dios.

Un cronista, cuyo testimonio invoca el escritor nacional don Ricardo Palma, hace la siguiente patética narración de las penitencias públicas y progresiones llevadas a cabo para aplacar la ira divina: no se oían más que lamentos y clamores a toda hora, siendo continuas de día y de noche las penitencias públicas que hacían todos, así eclesiásticos como seculares, para aplicar la ira de Dios.
Los regulares hicieron muy devotas procesiones, coronando todas con una general.

Esta relación la pone por cierta Fr. Diego Córdoba, quien dice así: “Salió el cabildo secular en cuerpo sin valonas, descalzo, humilde. Los caballeros, dispuesta su lozanía a rostro descubierto, sin más aliño que el de sus propias carnes, se azotaban con disciplinas de hierro. Las damas encenizaban sus rostros y abofeteaban su belleza.”

El Cabildo eclesiástico salió gravemente mortificado, sin cuellos, descalzos, los ojos y rostros postrados por el suelo. Siguiendo los religiosos de Santo Domingo, San Agustín, la Merced, La Compañía de Jesús y San Juan de Dios, descalzos cubiertos de cenizas: unos sin capillas, con sogas a la garganta, mordazas a la lengua; otros cargados de grillos y cadenas, y los demás haciendo extraordinarias y nunca vistas penitencias y mortificaciones. Tras de ellos, los dos colegios descalzos sin cuello ni bonetes al beca, cubiertos de cenizas; y al último los religiosos de San Francisco, agregada a su comunidad de su recolección tan asombrosamente penitentes que causó horror al pueblo y los ánimos entrañable devoción. Salieron con túnica todos; unos con cruces muy pesadas, con esterillas en los ojos, coronas de espinas en la cabeza, descalzos y desnudos hasta la cintura, descubriendo asperísimos cilicios de cerdas y malla; otros azotándose rigurosamente; otros rapados, vestidos de hierro, con palas en la boca y sogas en el cuello.

Gobernaba este penitente escuadrón el R. P. Fr. Juan de Herrera, caída a la cintura la túnica, descubierto el pecho y enlazado de cadenas de hierro con un Cristo en las manos, encenizado el rostro, predicando a voces penitencia. Atónito quedó el pueblo de ver este espectáculo: no había persona que compungida no mostrase por sus lágrimas y sollozos lo sentido por su corazón, lo tierno de su pecho.

Para dar una somera idea de los estragos que causó el pavoroso cataclismo lo que me ocupo, paso a transcribir de las crónicas que sirven de mi consulta los siguientes datos de indiscutible autenticidad.

Para dar una somera idea de los estragos que causó el pavoroso cataclismo lo que me ocupo, paso a transcribir de las crónicas que sirven de mi consulta los siguientes datos de indiscutible autenticidad.

Por efecto de los temblores, quedaron destruidas casi todas las casas del Cusco.

Motivo por el que, al contemplarlo, sus moradores enlutados hacían sonar sus arpas sonoras con fúnebre canto y humedecían la tierra con torrentes de lágrimas.
Las que no cayeron a la tierra se hallaban en mal estado de deterioro, que no ofrecían garantía alguna de seguridad para ser habitada.

Arrimáronse igualmente casi todos los diversos edificios que exoneraba la ciudad en aquella época.

La antigua Catedral resultó cuarteada por muchas partes, a tal extremo que ofreciendo inminente peligro de desplomarse en cualquier momento, los canónicos optaron por celebrar los divinos oficios en la Plaza de Armas, improvisando una gran carpa donde se exponía a la Divina Majestad.

Lo propio hicieron las comunidades religiosas, cuyos templos quedaron totalmente arruinados.

San Francisco, a pesar de ser edificio nuevo, sufrió daños considerables, y del claustro adyacente sólo se salvaron algunas celdas de la enfermería, situadas muy al interior, razón por la cual había que tomar cuidadosas precauciones para penetrar por su recinto entre lienzos de pared que amenazaban desmoronarse.

Por esta misma causa, los padres franciscanos pudieron levantar un toldo para depositar debajo del Santísimo y celebrar los oficios divinos.

El convento de Santo Domingo resultó también convertido en escombros.

Los padres se dieron obligados a instalarse en la puerta del convento, donde tenían depositados en recintos provisionales a la Virgen de Rosario y a los Santos.

Igual destrucción causó en la iglesia de la Compañía de Jesús y en el colegio de su dependencia. Los religiosos se vieron por tal causa en la necesidad de situarse en la plaza.

En el convento del gran P. San Agustín se derrumbaron dos ángulos del claustro y la mitad del templo; y como las pocas celdas restantes eran inhabilitables, los padres agustinos fueron a establecerse en las huertas que dan al riachuelo de San Blas.

El único templo que se salvó de la ruina fue el de Santa Cruz Clara, a cuyo coro bajo acudían no pocos sacerdotes a celebrar el sacrificio de la misa; mas como las celdas interiores se vinieron a tierra, las clarisas transformaron en viviendas los galpones que quedaban.

En cambio, el convento de Santa Catalina, que se hallaba edificado sobre casas antiguas, se arruino mas fácilmente, viéndose las monjas en la necesidad de trasladarse a un domicilio particular.

Se desplomo igualmente el hospital del Espíritu Santo, y en cuanto a los demás edificios públicos, léase lo que dice un cronista de aquella época, citado por el tradicionista nacional: “fue la ruina común en el seminario antoniano y el colegio Real de San Bernardo, por haberse caído la mayoría de los aposentos.

Igual calamidad sintieron las parroquias de la gloriosa Santa Ana y la de San Cristóbal. Aunque menor en la de San Blas que esta al oriente, siendo total el estrago las de Belén y las de Santiago por haber sido el terremoto en las partes del poniente y mediodía. En las de San Sebastián y en otras de afuera se arruinaron sus templos y casas, quedo sólo ileso el convento de San Juan de Dios y el Hospital, sin recibir el daño de su iglesia y alguna de sus oficinas a pesar de haberse caído muchas casas de su alrededor”. Hasta aquí el cronista citado.

Los temblores fuertes continuaron hasta el 24 de noviembre, con tal frecuencia que según los cronistas de aquella época, en menos de un mes sobrevivieron más de 500.

Los oficios de la semana santa se celebraron sin la solemnidad de costumbre, porque los continuos temblores hacían que la gente estuviese siempre alarmada y poseída de pánico.

Antonio Robles, Proto médico de su majestad en su tratado de los temblores afirma que “en los 10 meses que estos duraron hasta el 31 de enero de 1651, se pudo contar cuidadosamente hasta 823, entre diurnos y nocturnos”.

"La desolación, agrega, se extendió muchas leguas más allá de la ciudad: por el norte hasta la cadena de los Andes, y por el sur hasta Arequipa. Los volcanes estallaban estrepitosamente, se hundía a trechos la tierra sepultando a hombres y bestias cargadas de mercadería; y los ríos se desviaban de su curso. Represados por enormes peñascos que caían de los cerros”.

Como epilogo de este aciago cuadro, creo de interés dar a conocer algunos incidentes notables ocurridos durante el terremoto tal como se refieren las crónicas que me han servido de fuente de información para este artículo.

En la obra titulada “De Rebas Mirandi” se registra el siguiente suceso: “El Hermano Fr. Francisco Osorio, campanero del convento de la Merced, se hallaba replicando la noche del 30 de marzo víspera del terremoto, cuando, súbito, fue arrebatado por un terrible huracán, que lo precipitó desde el campanario hasta la ante portería, cayendo al suelo, desplazado por los guijarros”.

Refiere Dávila que “cuando atravesaba un puente de la quebrada de Calca, una peña se desplomó sobre el individuo que lo acompañaba, lanzándolo al río donde pereció”.

Cuentan los cronistas que en la cordillera de los Andes de esta ciudad fueron mas desastrosos los efectos del terremoto, en prueba de lo cual cita, entre otros sucesos, el siguiente:

“El Licenciado Juan Olave, párroco del pueblo de Cucho, venía al Cusco, después, cuando en circunstancias de bajar una cuesta larga, le sorprendió el temblor en la parte mas peligrosa, y hundiéndose de improvisto la peña por donde descendía, quedo pendiente en el aire, asido por la sotana de un fragmento de piedra: en esta postura permaneció inmóvil por espacio de 5 días, que no pudieron socorrerlo los indios que iban con el, ni los españoles que acudieron en su auxilio, porque se habría a sus pies un abismo profundo, en tanto que por la parte superior y los lados, eran inaccesible la peña en el que se encontraba, viéndose pues en peligro tan inminente, el licenciado se ocupó durante los 5 días en hacer actos fervorosos de contrición, y dirigida a Dios plegarias edificantes, sucumbiendo, en transe tan amargo, después de dilatada agonía.

Sus restos fueron sacados con suma dificultad, destrozadas las extremidades superiores, y trasladados para su entierro a esta ciudad.

Evocados en las líneas anteriores los incidentes mas remarcables del gran terremoto del 3 de marzo de 1650, creo propósito dejar constancia de la inscripción que como recuerdo de dicha catástrofe, se conserva en la sacristía de la iglesia matriz, al pie de un cuadro y que a la letra dice lo siguiente:

“A no haber intercedido la Soberana Reina y Señora de los Remedios en su Soberano Hijo que lo pusieron en las puertas de esta iglesia por espacio de tres días, con lo que amainó el rigor de su justa; y para recuerdo perpetuo de esta fatalidad se saca el 31 de marzo su procesión, para memoria del suceso que la ruina que acaeció en esta ciudad, y Don Alonso de Cortés de Monroy, natural de los reinos de Trujillo, mando pintar este lienzo para memoria perpetua del suceso que acaeció en esta ciudad”.

Rev. Padre Angel Soto Mercedario

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